Los enemigos y las maneras que EE.UU. intentó matar a Fidel Castro

Desde rifles de alta potencia hasta pastillas envenenadas, pasando por bolígrafos tóxicos y contratación de personajes del bajo mundo. Esos fueron algunos de los métodos que contempló Estados Unidos para deshacerse de Fidel Castro, el líder de la revolución que acaba de morir en Cuba.

Intentos de asesinato

Durante décadas, los intentos de asesinato al líder cubano fueron objeto de innumerables análisis y especulaciones, hechos difíciles de comprobar que sin embargo sirvieron para agrandar su perfil y exacerbar las diferencias entre la isla y Washington.

Uno de los hombres que estuvo encargado de su seguridad, el exjefe de inteligencia Fabián Escalante, escribió un libro en el que detalla 634 maneras en que intentaron matarlo.

Y un documental británico de 2006, producido por Channel 4 y llamado "638 Ways to Kill Castro", explicó casos que van desde "cigarros explosivos hasta mujeres fatales". Así mismo analizó los motivos que pudieron haber tenido tanto la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) como algunos exiliados cubanos.

En Estados Unidos, uno de los documentos más importantes sobre el tema se enfoca específicamente en la primera etapa de gobierno de Castro.

"Si sobrevivir a intentos de asesinato fuera una categoría de las Olimpiadas, yo me llevaría la medalla de oro", dijo Castro en una ocasión.

Uno de los supuestos intentos de asesinato incluía un cigarro explosivo.
Se trata de un informe de 1975 de un comité del Senado -el Comité Selecto para el Estudio de las Operaciones Gubernamentales Respecto a las Actividades de Inteligencia, más conocido como el Comité Church- que encontró "evidencias concretas de al menos ocho complots que involucraban a la CIA para asesinar a Fidel Castro entre 1960 y 1965".

Entre los métodos que figuran en el documento están los mencionados arriba, aunque el comité aclara desde un comienzo que algunos de esos complots ni siquiera superaron la fase de "planeación y preparación".

El informe, llamado "Supuestos complots de asesinato que involucran a líderes extranjeros", también analiza en gran detalle hasta qué punto las autoridades estadounidenses autorizaron o sabían de estos planes, incluyendo varios presidentes del país.

¿Por qué?

En su libro "La Obsesión con Castro: Operaciones Encubiertas de Estados Unidos contra Cuba", el periodista Don Bohning cuenta que con la llegada de Castro al poder, en el primer día de 1959, Estados Unidos comenzó a sentir la Guerra Fría demasiado cerca de su territorio.

"La Guerra Fría y la amenaza comunista que planteaba no podían verse más en la forma abstracta de un lugar lejano; estaban en la puerta de Estados Unidos", escribe.

Como tal, "Estados Unidos recurrió a una desestabilización económica y política, propaganda, manipulación, sabotaje y y complots de asesinato para retirar" al entonces joven líder cubano.

Bohning, como casi todas las fuentes estadounidenses consultadas por BBC Mundo, apuntan al documento del comité del Senado para entender los planes estadounidenses.
Fidel Castro dejó el poder en 2008 y desde entonces sus apariciones públicas fueron cada vez más esporádicas.
El comité resalta que en un comienzo, la CIA no trató de asesinarlo sino de desestabilizarlo: pensó en sabotear sus discursos, llenar un estudio de televisión con químicos que producen efectos similares al LSD, impregnar sus cigarros de sustancias desorientadoras y hasta llenar sus zapatos con sales que desprenderían su barba.

Según el comité, en 1960 se registró el primer intento contra la vida de Castro patrocinado por la CIA.

Un cubano que se había ofrecido a ayudar a la CIA con inteligencia comentó que probablemente podría entrar en contacto con Raúl Castro, por lo que las autoridades estadounidenses contemplaron la posibilidad de "organizar un accidente" y ofrecieron US$10.000 por el trabajo completado.

No obstante, poco después de que el cubano aceptara el caso, llegaron órdenes de abortarlo. Ese primer intento no frenó a las autoridades a pensar en más detalle en cómo deshacerse de él.

Entre sus métodos incluyeron cigarros envenenados, un bolígrafo con una aguja hipodérmica casi invisible y el reclutamiento de "figuras del bajo mundo".

Además, como es bien conocido, en abril de 1961, unos 1.500 exiliados cubanos entrenados y financiados por la CIA intentaron derrocar a Castro en la fallida invasión de Bahía de Cochinos.

Este hecho marcó fuertemente las relaciones posteriores entre los dos países y además, según Bohning, no terminó sino que intensificó los intentos estadounidenses para deshacerse de Castro.

Eso incluyó de manera particular lo que se conoció como la Operación Mangosta: un proyecto que, según consta en el informe del comité, fue aprobado por el presidente John F. Kennedy en un memorando para "ayudar a Cuba a derrocar al régimen comunista". Éste culminó, según Bohning, con la resolución de la crisis de los misiles.

Cambio de enfoque

Bohning explica en su libro que tras la Operación Mangosta continuaron los intentos de derrocar a Castro, aunque el gobierno estadounidense estaba simultáneamente intentando, por otros canales, normalizar las relaciones bilaterales.

Pero agrega que todo se vio afectado repentinamente por el asesinato de Kennedy, en noviembre de 1963. "Con la muerte de Kennedy y la toma de juramento de Lyndon Johnson, las actividades encubiertas comenzaron a languidecer", escribe.

La administración de Johnson mostró poco entusiasmo y, según el autor, las actividades encubiertas concluyeron poco a poco a medida que la atención se centraba en otros eventos a nivel mundial, como la crisis en Vietnam.
Durante las presidencias de Reagan, Nixon, Johnson y Carter se ordenó la mayor cantidad de atentados contra la vida de Fidel Castro.
Bohning explica que la confrontación directa con la Unión Soviética se volvió cada vez menos probable y Estados Unidos se dio cuenta de que estaba todavía lejos de lograr su objetivo de derrocar al régimen cubano.

Así mismo, el mencionado comité del Senado calificó el asesinato de "incompatible con los principios estadounidenses" y los medios y el público se volvieron menos tolerantes de esas actividades.

Finalmente, el presidente Gerald Ford firmó en 1977 una orden ejecutiva para prohibir que los empleados del gobierno participaran en asesinatos políticos.

Escalante, sin embargo, no cree que haya bajado el interés en derrocar a Fidel.

En el documental 638 formas para matar a Castro cita los números exactos de complots que, asegura, descubrieron sus agentes bajo cada presidente estadounidense:

  • 38 bajo Eisenhower
  • 42 bajo Kennedy
  • 72 bajo Johnson
  • 184 bajo Nixon
  • 64 bajo Carter
  • 197 bajo Reagan 
  • 16 bajo Bush padre
  • 21 bajo Clinton
Ninguno de ellos logró su cometido final y en muchos casos son difíciles de confirmar.

Como explica el mismo Bohning, "incluso ahora hay preguntas que deben ser respondidas, decisiones que deben ser explicadas, "hechos" que deben ser corregidos, lecciones que deben ser aprendidas e información que debe ser revelada sobre la guerra secreta contra Castro".

"Puede que nunca se conozcan algunos detalles, pues no fueron puestos por escrito sino que se los llevaron a la tumba quienes estuvieron involucrados".

Los "enemigos"

La rivalidad de Fidel Castro con Estados Unidos definió buena parte de su carrera política. Pero más allá de su pelea con Washington, el siempre polémico líder cubano tuvo otros grandes enemigos. BBC Mundo examino cuatro de ellos.

Augusto Pinochet
Pinochet (en la foto, a la izquierda) era jefe del Ejército cuando Castro efectuó su famosa visita a Chile en 1971.
Si hubiese que buscar una figura política para contrastar al máximo con Fidel Castro, el alfa para su omega, muchos pensarían en Augusto Pinochet.

Castro fue la figura emblemática de la revolución izquierdista latinoamericana mientras que Pinochet fue el portaestandarte de la reacción derechista en el continente.

En 1970, Chile se había convertido en un objeto central del interés de Castro una vez fue elegido democráticamente el marxista Salvador Allende, un aliado que aparecía para Cuba en momentos que buena parte de los gobiernos del continente le eran indiferentes o abiertamente hostiles. Allende desarrolló una cercana amistad con Castro.

"Fidel había invertido mucho en Chile, no hay que olvidar que incluso estuvo de visita más de un mes en ese país", señala a BBC Mundo Frank Mora, director del Centro Latinoamericano y del Caribe en la universidad FIU de Miami.
El dictador cubano Fidel Castro, y el entonces comandante del Ejército de Chile, Augusto Pinochet, en foto del 10 de noviembre de 1971.

Castro incluso le regaló la ametralladora que el mandatario chileno usó para defenderse durante el golpe de Estado del 11 de Septiembre de 1973 en el que finalmente murió.

"De un día a otro su aliado y su amigo, una persona con la que tenía una gran afinidad, desaparece del gobierno y se implanta una dictadura militar anticomunista que rechaza cualquier relación entre Chile y Cuba", recuerda Mora, quien fue subsecretario de Defensa de Estados Unidos entre 2009 y 2013.

El gobierno de Pinochet, en su sangrienta represión de la izquierda chilena, se convirtió en el modelo de muchos gobiernos de la región que definieron su misión central como oponerse a la influencia del comunismo en sus países.

Desde entonces, muchos castristas de América Latina encontraron en Pinochet la personificación de todos sus odios. Y a su vez, en la derecha, no pocos admiradores del general chileno en el continente justificaron sus acciones con la necesidad de "librar" a sus países de un Fidel Castro.
Es difícil decir con certeza quién fue más influyente en América Latina. Castro, por supuesto, duró mucho más tiempo en el poder que Pinochet, quien salió derrotado en un plebiscito tras el cual entregó el poder en 1990 y murió desacreditado en 2006 cuando estaba cerca de ir a la cárcel.

El líder cubano, en cambio, fue una figura de poder en la isla hasta el fin de sus días.

Sin embargo, no sobra recordar que el modelo de sociedad marxista que Fidel Castro soñó con extender a todo el continente nunca tomó arraigo más allá de las fronteras cubanas, mientras que buena parte de América Latina es fiel a las políticas económicas ortodoxas inspiradas en el experimento pinochetista, que siguen teniendo una influencia determinante en nuestros países.

Rómulo Betancourt y la OEA en los años 60
Betancourt recibió a Castro en 1959. Pero en 1963 los abrazos eran para JFK.
Uno de los momentos más difíciles en los primeros años del gobierno de Fidel Castro ocurrió el 21 de enero de 1962, cuando la Organización de Estados Americanos, reunida en pleno en Punta del Este, Uruguay, ordenó por 14 votos a uno, la expulsión de Cuba del organismo y de todo el sistema interamericano.


Pocos hechos simbolizaron tan fuertemente el aislamiento diplomático que por largos años sufrió Cuba frente al resto del continente.


Uno de los protagonistas de ese episodio fue el entonces presidente venezolano Rómulo Betancourt, cuyo gobierno promovió la sanción.

Comunista en su juventud, Betancourt llegó al poder por primera vez mediante un golpe militar en 1945 y en 1958 repitió a la presidencia de su país, esta vez elegido por el partido moderado de centro-izquierda Acción Democrática (AD).

Durante ese gobierno, enfrentó la insurgencia de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), y acusó al gobierno de Fidel Castro de armar a los rebeldes.
Fidel conversa con el presidente electo de Venezuela, Romulo Betancourt, y el embajador cubano Francisco Pividal
Frank Mora, de la universidad FIU de Miami, le dice a BBC Mundo que "en los años 60 había una consenso que Cuba por su alianza con la Unión Soviética representaba una amenaza a los intereses de muchos países".

El mandatario venezolano representó, para muchos, la oposición continental a la revolución cubana. Si bien muchos en la izquierda criticaron el aislamiento de Cuba por parte de la OEA, viéndolo como subordinado a los intereses de Estados Unidos, otros lo entendieron como un rechazo a la naturaleza autoritaria del gobierno cubano.

"Rómulo Betancourt era un presidente comprometido con la democracia. Tuvo sus problemas también con la dictadura de Trujillo en República Dominicana (…) Él se sentía comprometido a no distinguir entre una dictadura de izquierda y una de derecha", indica Mora.

También agrega que otros líderes latinoamericanos del momento, como el costarricense Pepe Figueres, también se destacaron en ese momento por su oposición a Fidel Castro.

La Sudáfrica del apartheid
Fidel Castro asumió la intervención de tropas cubanas en África en la década de 1970 como una cruzada personal, asegurando que su ejército ayudaría a combatir los rezagos del imperialismo europeo y destruir la discriminación racial contra los negros en África.

Para ello, no ahorró esfuerzos, iniciando un despliegue militar que le ganó admiradores entre los nacionalistas africanos pero generó controversia en Cuba, luego que decenas de miles de soldados fuesen enviados a una ardua campaña militar al otro lado del mundo sin que muchos entendieran por qué.

En 1975, la entonces colonia africana de Angola se independizó de Portugal. Varios grupos intentaron ocupar el vacío de poder que dejaba el colonialismo en retirada.

El UNITA y FNLA eran pro-occidentales, el MPLA marxista. El gobierno sudafricano del apartheid apoyó a UNITA.

Fidel Castro ordenó entonces la "Operación Carlota", el envío de cerca de 36.000 mil soldados cubanos a Angola a ponerse del lado de los rebeldes marxistas.

Las tropas cubanas permanecieron cerca de quince años en el continente y en 1987 protagonizaron en la población angoleña de Cuito Carnavale la batalla más grande que había presenciado África desde la Segunda Guerra Mundial.

Para algunos analistas, el accionar de las tropas cubanas evitó la imposición de un gobierno títere de Sudáfrica en Angola y ayudó a debilitar al régimen blanco del apartheid que eventualmente colapsó en Pretoria. Nelson Mandela siempre expresó su gratitud por la intervención de Castro.

"Aquella impresionante derrota del ejército racista le dio a Angola la posibilidad de disfrutar de la paz y consolidar su soberanía… desmoralizó al régimen racista blanco de Pretoria e inspiró la lucha contra el apartheid dentro de Sudáfrica (…) Sin la derrota en Cuito Cuanavale nuestras organizaciones nunca hubieran sido legalizadas", dijo Mandela ante una multitud el 26 de julio de 1991 en Matanzas, Cuba.

Pero la rivalidad de Fidel Castro con el apartheid en Sudáfrica tuvo un costo sustancial en vidas humanas para los cubanos. Las cifras de muertos varían según la fuente y algunos lo estiman en cerca de 2.000.

En 1987, Rafael del Pino Diaz, un exgeneral cubano exiliado en Estados Unidos, estimó en 10.000 los muertos cubanos en Angola.

Los intelectuales latinoamericanos de derecha
Vargas Llosa fue uno de los más notorios opositores a Fidel Castro.
En los primeros años de la Revolución Cubana, pocos hicieron más por contribuir a la leyenda de Fidel Castro que los intelectuales latinoamericanos.

El idilio generalizado de escritores y comentaristas de la región con el comandante se extendió por cerca de una década. Pero fue seguido después por un profundo desencanto, en el que antiguos creyentes castristas se convirtieron en opositores acérrimos del gobernante y su régimen. Y jugaron un papel determinante en el derrumbe de su imagen positiva entre muchos latinoamericanos.

La Revolución Cubana atrajo a muchas, por no decir que a casi todas las figuras más destacadas de las letras latinoamericanas.

Poco después de la entrada victoriosa de Fidel Castro a La Habana en 1959, Gabriel García Márquez se fue a trabajar con la agencia periodística oficial Prensa Latina, comenzando una vinculación con el régimen que con los años lo llevaría a convertirse en uno de los amigos más cercanos del comandante.

La Casa de las Américas en La Habana fue en los años 60 en una meca de la intelectualidad latinoamericana. Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Edwards y muchos otros, las figuras más rutilantes del llamado "boom", coincidían en expresar su simpatía por la revolución castrista.

El punto de quiebre, para muchos, fue el incidente de Heberto Padilla. Este último era un conocido poeta cubano, que a finales de los 60 empezó a criticar al gobierno de Fidel Castro, y en 1971 fue arrestado.

A lo que intelectuales europeos como Jean-Paul Sartre y escritores latinoamericanos como Fuentes y Vargas Llosa, reaccionaron condenando por primera vez al gobierno castrista.
Con la excepción de García Márquez, la crema y nata de la intelectualidad latinoamericana se apartó de Fidel Castro.
Con la notoria excepción de García Márquez -y Julio Cortázar, quien murió en 1984- la crema y nata de la intelectualidad de la región se apartó de Castro. Vargas Llosa, en particular, se hizo abanderado de una postura opuesta, de derecha.

Su intento de llega a la presidencia peruana en 1990 fracasó, y no fueron pocos los que acusaron a Vargas Llosa de mostrar el fanatismo de los conversos en sus críticas frente a la Revolución Cubana.

Pero independientemente del poco éxito personal que tuvo como político, Vargas Llosa y sus colegas intelectuales causaron con sus críticas un profundo y negativo impacto a la imagen mundial de Fidel Castro, la misma que ellos habían ayudado a construir años antes.